Cada persona necesita un lugar donde encontrarse con Dios, un lugar donde encontrarse consigo mismo, un sitio donde el alma pueda respirar. Algunos lo buscan en una iglesia vacía, en una montaña, en un paisaje solitario. Pero ese lugar más profundo no está fuera de ti, está dentro, es tu propia alma.
El evangelio de hoy nos muestra a Jesús entrando en el templo de Jerusalén, pero en realidad viene a entrar en el templo que eres tú. El evangelio de Juan nos dice que Jesús subió a Jerusalén y encontró el templo convertido en un mercado. Vio ruido, intereses, negociaciones y con una fuerza profética volteó las mesas y gritó: “¡No hagan de la casa de mi Padre un mercado!”.
Dios no se compra ni se vende, no tiene ningún interés material. No podemos hacer transacciones de tipo espiritual con él. Su amor es gratuito y absoluto.
Ese gesto de arrojar las mesas de los vendedores no fue rabia, fue un signo profético. Fue la pasión de quien sabe que el encuentro con Dios no es un comercio. Y cuando dijo: “Destruyan este templo y en tres días lo levantaré”, reveló el gran misterio.
Él mismo es el nuevo templo. Ya no hace falta ir a un edificio para encontrar a Dios. Dios habita en Cristo y por él en cada uno de nosotros. Pueden ser arrasados y destruidos todos los templos del mundo, pero siempre lo encontrarás en tu templo interior, pues no olvides que tú, por el bautismo, fuiste consagrado como templo del Espíritu Santo.
Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa, madre de todas las iglesias del mundo y signo visible de la unidad de la Iglesia, pero esta fiesta no es sólo para admirar un templo hermoso, sino para preguntarte, ¿cómo está el templo de mi alma? Quizás hay dentro mesas que necesitan ser volcadas, resentimientos antiguos, miedos que dominan tus decisiones, una fe cansada que ya no se conmueve.
O tal vez el ruido viene de fuera, exceso de pantallas, carreras sin pausa, exigencias que te roban la paz. Jesús quiere entrar ahí, no para destruirte, sino para devolverte el silencio, el orden y la verdad. Su látigo no es castigo, libera, expulsa todo lo que no te deja ser casa del Padre.
Deja que Cristo purifique tu interior, no tengas miedo a que te duela. El cambio verdadero siempre duele, como cuando se limpia una herida que no puede sanar. Tal vez debas revisar tu modo de vivir la fe.
¿La practicas por costumbre o por amor? ¿Vienes al templo sólo buscando consuelo o vienes a reconocer y a adorar y a alabar a Dios? Jesús no quiere sólo que lo mires desde el altar, quiere habitar en tu corazón y hacer de ti un lugar donde otros también puedan encontrarlo. Esta semana busca un momento para entrar en tu Jerusalén interior, en tu templo interior. Apaga todo ruido, mira adentro y dile al Señor con sinceridad, entra Jesús, purifica todo lo que está desordenado, haz de mi cuerpo, de mi alma tu casa.
Y cuando vengas al templo de piedra, recuerda que el más importante eres tú. La Basílica de San Juan de Letrán, las catedrales, las parroquias, existen para recordarte una sola verdad: Dios ya ha elegido su morada y esa morada eres tú.
¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

