Distintas lecciones

Eclesiástico 35,12-14.16-19a Salmo 33 2Timoteo 4,6-8.16-18 Lucas 18,9-14

Vamos terminando el año litúrgico, que iniciamos con el evangelio de san Lucas. Se fueron seleccionando los textos más representativos, pero queda mucho contenido sin exponer, que deberíamos hacer objeto de la lectura y meditación particular. Continuamos con el capítulo dieciocho con la parábola del fariseo y el publicano orando en el Templo de Jerusalén, pero nos ayudará echar una mirada al capítulo en su conjunto con el ánimo de apreciar mejor cada episodio particular. Vamos con san Lucas en la Subida a Jerusalén, cubriendo las últimas etapas, con lo que las enseñanzas adquieren rasgos especiales: la Cruz -pasión- y Resurrección van siendo anunciadas por JESÚS y destacan como el eje del Evangelio y el núcleo mismo de la Fe. Para afrontar estos acontecimientos el discípulo tiene que cultivar algunos medios ascéticos, establecer prioridades en su elección y precisar la propia percepción sobre JESÚS. El discípulo de JESÚS tiene que marcarse la meta de una oración continua, sin cansancio ni interrupción (v.1). Lo que se debe evitar a toda costa es la palabrería o vacías peroratas que aburren y no dicen nada (Cf. Mt 6,5-15). El segundo episodio de este capítulo está dado en la segunda parábola del engreído fariseo y el humillado publicano, que se presentan ante DIOS en el Templo (v.9-14). San Lucas nos dice que la parábola va dirigida a personas del auditorio que se tenían por santas y miraban con desprecio a los otros. El modelo de persona humilde está en el niño y JESÚS los pone de ejemplo en la siguiente secuencia del capítulo (v.16-17). Tres tipos de personas consideradas marginales aparecen como las más aptas para la Fe, entrar en el Reino de los Cielos o seguir a JESÚS: la viuda desprotegida, acosada por distintos tipos de adversidades, el publicano herético y traidor a la nación que se arrepiente y pide perdón, y el niño irrelevante socialmente, aunque los hijos eran deseados como signo de la bendición de DIOS (Cf. Slm 127,3). Ahora en el capítulo aparece “un hombre principal” (v.18), que en el evangelio de san Marcos se identifica como “un hombre rico”, al que JESÚS mira con cariño (Cf. Mc 10,17-22), y en san Mateo se dice que era “un joven rico” (Cf. Mt 19,16-30). En las tres versiones, el obstáculo para seguir a JESÚS o entrar en el Reino de los Cielos, son las riquezas o las posesiones. No se dice que el hombre en cuestión se fuera a condenar, pues la Salvación viene de DIOS, sino que este personaje mantenía una religiosidad de mínimos, que le resultaba suficiente en el fondo. San Marcos señala el carácter vocacional de la llamada, que el rico rechaza para continuar con sus negocios, vida social y religiosa basada en el cumplimiento de la Ley, a la que era fiel desde la juventud. Le daba la impresión que JESÚS le estaba complicando la vida, pero había sido él quien fue a preguntar por la entrada en el Reino. Seguir a JESÚS supone un nuevo canon ascético: dejarlo todo, incluso las prioridades del propio ego, poniéndolo todo al servicio de JESÚS y su Evangelio. A la vista de lo que JESÚS estaba planteando, Pedro a título de representante del resto de los compañeros, le recuerda que él y el resto lo han dejado todo por seguirlo. Los discípulos representan el círculo de personas más cercanas con las que cuenta JESÚS. Para ellos son todas las enseñanzas en primer lugar, lo mismo que presenciar de primera mano todas las señales -milagros, signos y prodigios- que salen de las manos de JESÚS. Todavía ellos, los discípulos deben aprender la lección fundamental de toda la misión, que había dado comienzo tres años atrás. Se trata que entiendan, que ÉL va a ser entregado y muerto en la Cruz, pero resucitará al tercer día (v. 31-34). JESÚS da muestras de una gran paciencia con sus discípulos y espera al primer día de la Resurrección para iluminar sus mentes y hacerles entender lo que en las Escrituras se decía a cerca de los sufrimientos y muerte del MESÍAS (Cf. Lc 24,25-27). Este capítulo dieciocho, en san Lucas, se cierra con la curación del ciego Bartimeo, que en cierta medida realiza la síntesis del capítulo. Bartimeo reconoce a JESÚS “el NAZARENO”, como el Hijo de David cosa que los discípulos no vieron. Bartimeo se adelanta al título que Pilato dará a JESÚS en el cartel de la Cruz: “JESÚS NAZARENO, REY de los judíos” (Cf. Lc 23,38; Jn 19,20). El NAZARENO “el Hijo de David”, por tanto es el REY que había de venir de parte de DIOS y de la Casa de David con la misión de compadecerse y salvar a los hombres. Cierra este capítulo un ciego, Bartimeo, que pertenece a la franja marginal de los desfavorecidos. Bartimeo es singular en la Fe que profesa y JESÚS se lo reconoce: “tu Fe te ha salvado” (v.42). La muchedumbre que acompaña a JESÚS habla de ÉL como el NAZARENO, porque JESÚS viene de Nazaret, que no contaba en los cálculos de nadie como lugar para la aparición del MESÍAS. JESÚS no es “nazir” como lo era Juan Bautista, pariente de JESÚS (Cf. Lc 1,36). JESÚS el NAZARENO se aproxima así al Siervo de YAVHE y se sitúa en el lado de todos los marginados hasta su punto de máximo abajamiento en la Cruz. La Fe de Bartimeo ve a su SALVADOR en aquel NAZARENO, que es el Hijo de David.

El Juicio de DIOS

Sin el orden justo de las cosas no sería posible la vida en ninguno de sus órdenes o manifestaciones. Alguien tiene que establecer el orden justo de las cosas, pues éstas no se lo pueden otorgar a sí mismas. Lo anterior es de sentido común, pero hoy es preciso recordar y enfatizar lo básico, pues el capricho dictador trata de imponerse a cada paso. Concedamos con serenidad, que muchas cosas nos son dadas: la vida, la familia, la patria, el ambiente de la infancia, la dotación genética, el genotipo heredado y en cierta medida el fenotipo que forjo con el ambiente circundante. Si he tenido el gran privilegio de heredar una tradición cristiana o católica desde los primeros momentos, debo ser agradecido con dicha herencia. La lengua materna me es dada y hemos aprendido a hablar y pensar en español, en nuestro caso. Muchos hemos recibido la religión, particularmente la católica, sin mérito alguno de nuestra parte. El orden justo de las cosas, en cierta medida, nos fue dado, y llegados a este punto tomamos las riendas de la propia vida. El juicio que ordena las cosas y resuelve en una línea cristiana es el que atiende al momento presente y mira al futuro que se asienta en la Vida Eterna. El horizonte de la Vida Eterna se puede contemplar con cierta distancia, pero vive, al mismo tiempo, entreverado con los diarios acontecimientos y rutinas. En cualquier momento podemos ser llamados por el SEÑOR que pone orden en todo y en nuestra vida también: “estarán dos moliendo juntas, una será tomada y otra será dejada” (Cf. Lc 17,34-37). Cuando el orden justo de las cosas nos corresponde como tarea debe ser movido por el principio establecido por san Pablo: “nos apremia el Amor de CRISTO, que murió por todos” (Cf. 2Cor 5,14). El Juicio de DIOS recayó sobre JESÚS, para que en su Nombre tengamos el perdón de los pecados. Nos queda por tanto un margen para la revisión personal, el examen o el juicio previo al arrepentimiento de nuestras propias faltas o pecados, que ocasionan el desorden en el círculo personal y alrededor. La imagen del publicano en el Templo propone un modelo de persona arrepentida, y añade que sólo así nos podemos presentar ante DIOS, pues la perfección sólo está en ÉL. El hombre arrepentido ante DIOS no es alguien traumatizado ni lesionado espiritualmente por un sentido de culpa. San Pablo pide al SEÑOR que los suyos sean custodiados por la Gracia hasta la venida del SEÑOR: “que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro SEÑOR JESUCRISTO” (Cf. 11Tes 5,23-25). La acción de la Gracia comienza a operar en el núcleo mismo de nuestro espíritu, para que el propio mundo emocional sea sanado y la buena salud psíquica y espiritual repercuta en nuestro organismo físico, que resulta así un verdadero cuerpo espiritualizado. Nadie debe tener miedo de recibir la Gracia del Perdón mediante el Sacramento de la Reconciliación, porque su acción sanadora se percibe desde el primer instante en el que se obtiene la absolución de los pecados confesados y perdonados. El Sacramento de la Reconciliación ha evolucionado en la forma a través del tiempo, y en la actualidad presenta una estructura perfectamente acorde con los encuentros de JESÚS con distintas personas a las que ÉL les dispensa el perdón de forma abierta. Nos viene a la memoria el caso de la mujer sorprendida en adulterio, que recoge san Juan en su capítulo ocho (Cf. Jn 8,1ss). La mujer es objeto de una acusación pública de adulterio, que en realidad tenía por objetivo incriminar a JESÚS en caso de abogar por ella. JESÚS parece escribir en el suelo y se levanta para decir a los acusadores, que si alguien está libre de pecado que le tire a la mujer la primera piedra. Todos se fueron marchando, pues se produjo un milagro que pasó desapercibido a primera vista: cada uno de los acusadores se vio interpelado ante su propia conciencia. Entonces JESÚS se levantó y le dijo a la mujer: “nadie te ha condenado…, YO tampoco te condeno. Vete y en adelante, no peques más”. Cualquiera de los episodios de perdón de los pecados es profundamente reconfortante: el arrepentimiento y perdón del publicano Zaqueo (Cf. Lc 19,1ss); la pecadora perdonada en casa de Simón el fariseo (Cf. Lc 7,36ss); el paralítico llevado a JESÚS por cuatro amigos (Cf. Mc 2,3ss); y la escena reina del Perdón que se verifica al ladrón arrepentido en la Cruz: “hoy estarás CONMIGO en el Paraíso” (Cf. Lc 23,43). Si en realidad el nombre de este hombre era Dimas, ya tenemos el primer santo canonizado directamente por JESÚS. Dos citas nos pueden ayudar a disipar las reticencias ante la eficacia del Sacramento del Perdón. El primer lugar, JESÚS afirma que aquel que recibe a un discípulo suyo enviado -ordenado- lo recibe a ÉL (Cf.  Mt 10,40). La segunda es del todo explícita: “recibid el ESPÍRITU SANTO, a quien perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quien se los retengáis, les quedan retenidos” (Cf. Jn 20,22-23). El ministro ordenado, que participa del sacerdocio ministerial tiene como misión principal transmitir la Gracia del Perdón a todos los que le son confiados.

Escuchado por DIOS

El libro del Eclesiástico recopila las sentencias o máximas que el nieto de Ben Sirá pone por escrito en lengua griega, para que los judíos de Alejandría y los dispersos por otros países los reconozcan y apliquen en su meditación. La vida es una gran prueba, que por ella misma aporta Sabiduría, pero es preciso afrontarla con un conocimiento suficiente por anticipado dado por la experiencia del hombre anciano y sabio. Hoy el Eclesiástico nos ofrece los requisitos para la oración y el arrepentimiento y nos atraigan el favor de DIOS. Es una buena preparación para escuchar la parábola del evangelio de san Lucas que narra la oración del fariseo y el publicano en el Templo. Ambos van a orar al lugar señalado por excelencia, pero uno es justificado y recibe aprobación y el otro, a pesar de su aparente ortodoxia, no es atendido o justificado ante DIOS.  El libro del Eclesiástico era leído en tiempos de JESÚS, aunque no estaba en el canon judío. Los estudiosos señalan claras influencias del Eclesiástico en la carta de Santiago, la segunda de Pedro, y en la carta a los Hebreos. Este extenso libro ofrece Sabiduría para los cristianos de cualquier época, y el asunto del que se trata hoy nos afecta a todos, pues somos pecadores necesitados de arrepentimiento y DIOS espera siempre una oración sincera para ayudarnos en las pruebas del camino. El tono del Eclesiástico es exigente: “el hombre que ayuna por sus pecados y vuelve a hacer lo mismo, su oración, ¿quién la escuchará? ¿De qué le ha servido el humillarse?” (Cf. Eclo 34,26). JESÚS muestra un semblante mucho más paciente por parte de DIOS: “Debéis perdonar setenta veces siete” (Cf. Mt 18,21-22). DIOS perdona siempre que se le pide perdón, aunque el hombre vuelva a incurrir en el mismo pecado, lo que no significa que DIOS acepte una negligencia deliberada. Los primeros versículos del capítulo treinta y cinco no vienen en la primera lectura de hoy, pero ayudan a establecer el marco de oración especialmente del fariseo de la parábola. Los sacrificios y ofrendas en el Templo ayudan a cumplir la Ley (v.1-2). Pero apartarse del mal y de la injusticia está en el fondo de la verdadera ofrenda (v.3). De no ser así, el culto estará vacío y las ofrendas no suben al ALTÍSIMO (v.5). “El sacrificio del justo es aceptado, y su memoria no se olvidará” (v.6). Una ofrenda presentada de mala gana como Caín no obtiene agrado del SEÑOR (v.8). Los diezmos dados al Templo iban para el sustento del culto y los levitas, lo mismo que la parte correspondiente de las ofrendas y sacrificios. El Eclesiástico dice: “Da al ALTÍSIMO con corazón generoso con arreglo a tus medios, porque el SEÑOR sabe pagar y te devolverá siete veces más” (v.9-10). La recompensa en el Nuevo Testamento es cien veces más: “casas, hermanos, hermanas, padres, madres, tierras, con persecuciones; y en el tiempo futuro, vida eterna” (Cf. Mt 19, 29). El ánimo del fariseo que aparece en la parábola de san Lucas, resulta sombrío a la hora de dar, pero lo veremos más adelante. Todavía hemos de precisar los rasgos que acompañan a la oración que expone un sincero arrepentimiento.

DIOS es JUEZ

“El SEÑOR es JUEZ y no cuenta para ÉL la gloria de nadie” (v.12). Entendemos que DIOS no hace acepción de personas, pues para ÉL todos somos sus hijos “comprados para ÉL por la sangre de su HIJO JESUCRISTO” (Cf. Ap 5,9-10). Las apariencias humanas pueden representar un verdadero obstáculo a la hora de presentarnos ante DIOS, “aunque no se fija en las apariencias, sino en el corazón del hombre” (Cf. 1Sm 16,7; Jr 17,9-11). El revestimiento personal que DIOS mira con buenos ojos es el que corresponde al mencionado en las bienaventuranzas (Cf. Mt 5,2-12) Principalmente la humildad es el hábito espiritual o virtud que se menciona en el las antiguas Escrituras: “DIOS deja a un lado a los soberbios y levanta a los humildes” (Cf. 1Sm 28). Resulta ridículo o caricaturesco presentarse ante DIOS mostrando títulos personales, pero la necedad humana llega a ese punto. Al decir que DIOS es JUEZ puede parecer que se cae todo el edificio construido con paciencia y esmero sobre su condición misericordiosa. DIOS es SANTO y nos santifica. DIOS es perfecto y nos perfecciona. DIOS es AMOR y nos hace amables. DIOS es PADRE y nos hace sus hijos. DIOS es el JUSTO y nos justifica. Si somos “imagen y semejanza SUYA” (Cf. Gen 1,26-27), y nos quiere a su lado para toda la Eternidad, entonces tendrá que ajustarnos para lograr la santidad y perfección debidas. DIOS tiene todos los medios para lograr los objetivos anteriores que administra según su Justicia y Misericordia.

DIOS escucha

“No hace acepción de personas contra el pobre, y la plegaria del agraviado escucha” (v.13). JESÚS con su Mensaje y misión puso en primer plano a los pobres, marginados, niños y enfermos. Tampoco DIOS mantiene a sus hijos en humillación permanente, en fracaso continuo.  Pareciera que el equilibrio es difícil, pero en ocasiones se produce el milagro: los que durante mucho tiempo fueron mantenidos en un plano irrelevante aparecen revestidos de una unción especial. Las oraciones de los humillados son escuchadas. El marginado o humillado será escuchado para ser rehabilitado y si es posible hacerlo testigo de la Divina Misericordia. DIOS quiere que demos frutos permanentes (Cf. Jn15,5).

Predilectos

“No desdeña el SEÑOR los lamentos de los huérfanos y las viudas” (v.14). El niño huérfano daba a entender la importancia del padre y de la madre. La viuda sin hijos mostraba la cara dura de la soledad. La viuda joven y con hijos por criar exponía una forma dramática de supervivencia. Las leyes establecidas no eran suficientes para atender y salir al paso de todos aquellos casos más numerosos de lo deseable. La Caridad o Amor hacia el prójimo era y es el brazo de DIOS mismo que auxilia a los más necesitados. La súplica o las lágrimas en la oración conmueven el Corazón de DIOS, que mueve el corazón de los suyos para asistir al necesitado.

Servicio y oración

“Quien sirve de buena gana es aceptado, su oración sube hasta las nubes” (v.16). La condición para que la oración o plegaria sea escuchada es servir a DIOS con buen ánimo. Sirven a DIOS los Ángeles y los Bienaventurados que contemplan su ROSTRO. En el Padrenuestro nos disponemos a cumplir la Divina Voluntad estableciendo también una premisa fundamental en la relación con el PADRE. El Eclesiástico se anticipa a la doctrina dada por JESÚS, aunque dependemos de la Gracia para realizar lo que el Padrenuestro establece. JESÚS emplea también la imagen del sirviente en alguna de sus parábolas (Cf.Mt 24,45). En otra parte, JESÚS dirá: “no todo el que dice, ¡SEÑOR, SEÑOR!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la Voluntad de PADRE que está en los Cielos” (Cf. M 7,21-29). Comprobamos que esta doctrina sapiencial está en perfecta sintonía con el Nuevo Testamento. La oración del Siervo de YAHVEH, que es el propio JESÚS, resulta ser la que llega al corazón del PADRE, traspasando cualquier condición física. Más aún, el PADRE espera la oración del SIERVO por todos los hombres. Es el SIERVO quien cumple a la perfección la voluntad del PADRE.

Destino de la oración

“La oración del humilde atraviesa las nubes, y él no se consuela hasta que llega a su meta” (v.17). En muchas ocasiones DIOS quiere que el corazón del hombre se entere de la oración realizada, dándole un consuelo interior especial. San Ignacio en sus ejercicios ofrece distintas reglas de discernimiento para ubicar en la medida de lo posible el tipo de experiencia religiosa. DIOS se puede comunicar por medio de sus consolaciones y también en los tiempos de desolación, que no siendo agradables resultan necesarios. DIOS quiere nuestra transformación y para ello alterna la consolación y la desolación o tiempo de prueba especial. Los tiempos de uno y otro dependen   directamente del SEÑOR.

Perseverante en la oración

“No desiste hasta que atrae la mirada del ALTÍSIMO, hace justicia hace y ejecuta el Juicio” (v.18). Este versículo se cumple plenamente en JESUCRISTO que por su entrega y sacrificio vuelve los ojos del PADRE definitivamente hacia los hombres, a los que puede investir con una Nueva Justicia, santificándonos. Toda esta obra de Salvación se dirige hacia el momento del Juicio definitivo que determinará el fin de los tiempos y el cierre de la historia de los hombres en este mundo. La Justicia establecida por DIOS se realiza por el hecho único de la muerte de JESÚS, el HIJO, por todos los hombres. El Juicio que recayó sobre JESÚS nos justifica a todos nosotros en virtud de su perdón incondicional o Divina Misericordia.

Apreciación equivocada

El evangelio de hoy ofrece la enseñanza general a todos, que desborda el círculo de discípulos. En la “Subida a Jerusalén” según el evangelista san Lucas, JESÚS dirige sus enseñanzas específicamente a los discípulos y otras en general a todos los que lo siguen. El pasaje de este domingo es exclusivo de san Lucas como ocurre con otros contenidos, y va dirigido a todos aunque aparezca el preámbulo de “algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Cf. Lc 18,9). La parábola de “El fariseo y el publicano orando en el Templo” transmite una lección de prudencia en el discernimiento espiritual para todos. Una de las máximas a extraer hace concluir que sólo DIOS tiene el recto y preciso juicio moral y espiritual sobre todos y cada uno de sus hijos. Esto último lo reconocía muy bien san Pablo cuando decía: “la conciencia no me inquieta, pero ni yo mismo me juzgo ni doy por absuelto; y espero que sea el SEÑOR quien me juzgue” (Cf. Flp 1Cor 4,3-4). Con otras palabras la primera carta de san Juan declara con todo realismo: “si alguien dice no tener pecado es un mentiroso y la Verdad no está en él” (Cf. 1Jn 1,10). Recordamos, así mismo, las palabras del salmista: “absuélveme de lo que se me oculta” (Cf. Slm 19,12). La lista de textos es larga, pero cerramos esta aproximación con la cita de la carta a los Romanos: “DIOS encerró a todos en el pecado para tener Misericordia de todos” (Cf. Rm 11,32). La posición de la Iglesia Católica con respecto a la condición pecadora del hombre es la más realista y la que se ajusta a la Revelación. El pecado no invade a la persona en su integridad, sino que ofrece la imagen de la parábola de “El trigo y la cizaña” (Cf. Mt 13,24-30). El hombre no es radicalmente bueno ni lo invade el mal en su totalidad; y de esta forma el hombre es redimible. No obstante los efectos del pecado en el hombre vienen causando males sin cuento, que por muchas razones no se valoran adecuadamente. El discernimiento personal, el examen de conciencia o la revisión personal, constituye una de las tareas primordiales que el cristiano debe realizar, si quiere mantener una vida personal como discípulo de JESUCRISTO. El esfuerzo por mejorar la condición ética y espiritual hay que mantenerlo sin tregua mientras dure el tránsito por este mundo, y la fuerza de lo alto no ha de faltar en momento alguno; pero lejos del seguidor del SEÑOR el falso convencimiento de perfección ética o espiritual, pues ese carácter está previsto para la otra Vida. No es preciso caer en el pecado grave o mortal, ni tan siquiera en el venial si esto es posible en la vida del seguidor del SEÑOR; sería suficiente la imperfección en el pensar, sentir y obrar para rezar con toda contrición el “yo confieso”. En el bagaje temperamental heredado vienen dadas actitudes, que en su momento condicionan notablemente la Caridad. Lo heredado no es pecado personal por lo que nadie deba confesarse; pues, además, casi seguro permanece en la sombra. Pero notamos que las interferencias a la Caridad tiñen las acciones de ayuda de intenciones poco recomendables: afán de reconocimiento, sentimientos de superioridad moral o exigencia velada de correspondencia por la acción realizada. San Mateo recoge la enseñanza de JESÚS en el sentido mencionado: “si das limosna, no vayas por la calle tocando la campanilla para que te vea la gente; pues de esa forma obtienes la recompensa de los hombres, pero no la de DIOS” (Cf. Mt 6,1-4). La recomendación de JESÚS es actuar discretamente con el objeto de ser vistos sólo por DIOS, evitando los aplausos que cargan el ánimo de vanidad. La visión de la teología católica sobre el hombre es mucho menos pesimista, que la visión protestante, de manera especial en la vertiente calvinista llegando a proponer la doctrina de la predestinación, por la que unos hombres nacían para la salvación y otros para la condenación sin remedio. La verdad auténtica, que llena de sentido la misión del REDENTOR reza así: “no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y se salve” (Cf. Ez 18,23;33,11).

Dos hombres oran en el Templo

JESÚS es el MAESTRO y propone esquemas sencillos para hacer comprensible su Mensaje. En realidad, JESÚS da continuidad, a su modo, el esquema moral y espiritual trazado de “Los dos caminos”, que se inicia en el Génesis con el árbol de la ciencia del bien y del mal (Cf. Gen 2,9), y se afirma en el quinto libro de la Biblia, el Deuteronomio con la doctrina de los dos caminos: el Bien que conduce a la Vida, y el mal que lleva a la muerte (Cf. Dt 30,15). JESÚS lo ejemplifica con dos hombres que van al Templo, siendo uno justificado y otro reprobado (Cf. Lc 18,9-14). La gran parábola de “El hijo pródigo” que plantea el comportamiento de los dos hermanos (Cf. Lc 15,11ss). Recordamos el episodio de los dos hermanos que litigan por una parte de la herencia (Cf. Lc 12,13ss). Dos compañeros de patíbulo: el condenado convertido, y el otro que no sabemos de su suerte final (Cf. Lc 23,39-43). En la parábola presente, dos hombres suben al Templo. Podían elevar sus plegarias en sus casas, pero JESÚS los sitúa en el recinto acreditado en el que reside la Presencia de DIOS: el Templo. Tampoco es superfluo decir que los dos suben a este recinto sagrado, que es la enseña del devoto israelita.

Un fariseo y un publicano

A los fariseos se les entiende mejor en contraste con los saduceos. Estos últimos constituían la facción que aportaba la clase de lo sumos sacerdotes relacionados estrechamente con el poder romano. Daban garantía al Imperio de control y estabilidad en una zona que era propensa a levantamientos de pequeñas dimensiones, pero incómodas para el Imperio que no deseaba problemas. Los saduceos tenían bastante con los cinco libros iniciales de la Biblia, pues no participaban de la espera mesiánica como los fariseos o los esenios que no son mencionados en el Nuevo Testamento, pero están presentes en la región. A los saduceos les bastaban los libros de carácter predominantemente legislativos; además, ellos no creían en la resurrección al final de los tiempos como los fariseos, ni en los espíritus, ni en los Ángeles. Eran los fariseos los que sostenían vigente el Judaísmo con sus normas y preceptos rituales de pureza para estar preparados a la venida del MESÍAS, que ellos sí esperaban. De esta facción religiosa derivaban gran parte de los escribas, doctores de la Ley y los legistas, que estaban especializados en la aplicación concreta y resolución de casos. La pureza ritual externa caracterizaba a los fariseos y encontramos muestras suficientes en los evangelios. Después de la destrucción de Jerusalén y del Templo, el Judaísmo continúa gracias a la labor de los fariseos que elaboran el Talmud, que comenta las Escrituras canónicas judías. Por tanto, el fariseo que sube al Templo a orar es una persona con toda la tradición religiosa a sus espaldas que sabe muy bien lo concerniente a su religión: nos encontramos ante un especialista sobre DIOS. El publicano es un despojo moral y espiritual para el estamento religioso vigente. El publicano adquiere la concesión de cobrar los impuestos a los suyos. El Imperio y el publicano acuerdan una cantidad que el publicano debe cubrir. El modo y la manera cómo el publicano cobra los impuestos no es algo que le importe a Roma. El jefe de publicanos se rodeaba de otros cobradores de rango más bajo para realizar el cobro de los impuestos, y todos ellos tenían derecho a obtener un margen personal de la cantidad exigida al contribuyente. La arbitrariedad estaba servida en todos los eslabones de la cadena, por lo que el abuso y la extorsión campaban a sus anchas. Por estos y otras razones, el publicano era un traidor indeseable, que no merecía otra cosa más que desprecio. La parábola que se dispone a relatar JESÚS tiene los ingredientes suficientes para el debate y la polémica, pues el segundo personaje no puede ser más controvertido y odiado por la mayoría del auditorio.

La oración del fariseo

“El fariseo de pie, en su interior, oraba de esta manera: oh DIOS, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano; ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias” (Cf.Lc 18,11-12) El contraste de los personajes aparece ya en el lenguaje gestual: el fariseo está de pie, probablemente con una mayor proximidad al Santo de los Santos, que aún sin la presencia del Arca de la Alianza se consideraba el lugar santo por excelencia. El fariseo da muestras de estar acostumbrado a elevar oraciones al Cielo y no necesita verbalizar externamente su plegaria, sino que interiormente dirige su oración y eleva su alma a DIOS. Es una actitud que induce al éxtasis: el fariseo parece estar en su ambiente natural, y elabora su acción de gracias. Es un comienzo muy acertado iniciar la oración dando gracias a DIOS por los dones recibidos, pero el inconveniente aparece cuando se adultera la simplicidad de la acción de gracias, estableciendo un factor de superioridad moral y espiritual sobre los conocidos y los desconocidos: “oh DIOS, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres”. Sin darse cuenta el SEÑOR tenía delante a alguien perteneciente a una estirpe especial, y desconocida por el mismo SEÑOR: este fariseo se sentía único en el conjunto del género humano. Estaría muy bien la apreciación de la singularidad en cuanto dada por el designio eterno de DIOS, pero el fariseo se pone en las antípodas de la singularidad filial. DIOS nos hace únicos porque no se repite en ninguna de sus obras, pero no quiere el sentimiento de superioridad hacia los otros hermanos. Comienza este buen hombre, fariseo, a mencionar algunos defectos o pecados graves, que según él cometen todos los que lo rodean: “rapaces, injustos, adúlteros, tampoco como este publicano”. Este fariseo no necesitaba adquirir méritos ante el SEÑOR acusando a los otros. A DIOS no le gustan los acusadores, porque ÉL tiene la vara justa de medir las conciencias. Después de todo, algún pecadillo tendría este “perfecto fariseo”; y de exponerlos con sencillez obtendría el perdón de DIOS y la paz en su alma. El soberbio en cualquiera de sus formas tiene que realizar un esfuerzo para mantener su imagen falsa y no conoce la paz interior de los sencillos.

El publicano

“En cambio el publicano, manteniéndose a distancia no se atrevía ni a alzar los ojos al Cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: oh DIOS, ten compasión de mí que soy pecador” (Cf. Lc 18,13). El lenguaje gestual del publicano es del todo explícito: declara en cada uno de sus rasgos su indignidad, condición pecadora y confianza en la Divina Misericordia. La distancia física es un detalle sin importancia real, pero en este caso da a entender el respeto ante la santidad de DIOS. Al mismo tiempo el publicano necesita del perdón de DIOS, y pide su compasión con insistencia. La paz interior no había llegado al corazón atribulado del publicano y gestualizaba su dolor interior con los “golpes de pecho”. Le pesaba el pecado, tenía verdadero arrepentimiento y buscaba la compasión del SEÑOR. DIOS muestra a todos los hombres su compasión en JESUCRISTO. DIOS se hizo hombre y padeció con los hombres y por todos los hombres. La compasión de JESUCRISTO es universal. DIOS se compadece de todos los hombres en el Corazón compasivo de JESUCRISTO. La oración del publicano es la adecuada: está pidiendo la compasión universal de DIOS en JESUCRISTO, y por eso mismo es justificado. Dice JESÚS: “os aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no; porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Cf. Lc 18,14). El fariseo estaba tan pagado de sí mismo, que no veía en absoluto que necesitara de DIOS, y la compasión de DIOS le sobraba. Gran error el de cualquier persona en este mundo que no sienta la vulnerabilidad de su existencia. La miopía se multiplica cuando ya no se percibe el propio carácter caduco que nos impulsa inexorablemente a la muerte. ¿No estamos necesitados de la divina Compasión en todo momento? Recordamos dos escenas más donde los afectados reclaman la compasión de DIOS en JESUCRISTO: el ciego Bartimeo, que llama a JESÚS a grandes voces: JESÚS, hijo de David, ten compasión de mí” (Cf. Lc 18.38-39); los diez leprosos que con todas sus fuerzas reclaman la atención de JESÚS: “JESÚS, ten compasión de nosotros” (Cf. Lc 17,13); y de forma implícita el ladrón arrepentido que muere al lado de JESÚS: “JESÚS acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (Cf. Lc 23,42).Con la Encarnación la Divina Misericordia de DIOS se vuelve especialmente sensible a las contingencias humanas después de haber padecido JESUCRISTO por nosotros y con nosotros. No olvidemos que esta es una de las líneas desarrolladas en la carta a los Hebreos para definir a JESUCRISTO como Sumo SACERDOTE de la Alianza Nueva y definitiva.

San Pablo, segunda carta a Timoteo 4,6-8,16-18

San Pablo sigue comunicando a su discípulo Timoteo sus últimas recomendaciones en dos sentidos: la segunda carta está finalizando su contenido y la vida del Apóstol se encuentra en su recta final. Le dice a su hijo espiritual, Timoteo: “pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio, porque yo estoy a punto de ser derramado en libación” (v.5). San Pablo ve próximo el martirio aunque no deja de ultimar algunos cometidos que sus colaboradores deben llevar a cabo. Pero sobre todo lo que más preocupa al Apóstol es la evangelización, para la que Timoteo está preparado y debe seguir realizando con determinación. San Pablo ve próxima su muerte y adopta expresiones de despedida: “el momento de mi partida es inminente”. Algunos santos reciben del SEÑOR la revelación particular del momento de su muerte con algo de antelación. Es una gracia especial no sólo para el interesado que va a protagonizar el tránsito de este mundo al otro, sino para los familiares y amigos que están alrededor, pues es un signo y constancia que la muerte también está en las manos de DIOS, y la Vida continúa más allá de este mundo.

Evaluación final

San Pablo resume su trayectoria como discípulo de JESÚS y evangelizador en pocas palabras: “he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la Fe, y ahora me aguarda la corona de la Justicia, que me entregará el Justo JUEZ, no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado con amor su manifestación” (v.6-8) El cristiano es un militante que debe mantener el Evangelio en medio de una contienda bien definida. Las armas para el cristiano están en la Palabra, la oración y los sacramentos; y con la especial unción del ESPÍRITU SANTO. No se es cristiano sin despeinarse. San Pablo utiliza en segundo lugar la imagen del deporte para significar el permanente ejercicio ascético que el cristiano ha de mantener: lo mismo que el deportista realiza sus ejercicios y lleva una vida con un cierto orden, así también el cristiano tiene que ejercitarse en todas las virtudes posibles. Un deportista sabe dónde está la meta, y también el cristiano: la meta tiene un nombre propio, JESUCRISTO. La tercera parte de esta síntesis nos dice: “he mantenido la Fe” y podemos añadir: en toda su extensión. San Pablo recoge las tradiciones fundantes del Cristianismo: la institución de la EUCARISTÍA (Cf. 1Cor 11,23ss), y la Resurrección (Cf. 1Cor 15,1). San Pablo mantiene la Fe en un Evangelio que no le fue dado por los hombres, sino del mismo JESUCRISTO (Cf. Gal 1,11-12); no obstante mantuvo siempre la comunión con la Iglesia madre de Jerusalén (Cf. Hch 15). La Fe de san Pablo llega hasta nuestros días reflejada en sus cartas, que contienen revelación de primer nivel, pues no en vano sus escritos están recogidos en el canon del Nuevo Testamento. La Fe de san Pablo es columna de la Cristiandad, que es a su vez la base de la Civilización Occidental junto con la filosofía griega y el derecho romano. La fecundidad de la Fe de san Pablo no ha cesado, porque se encuentra unido a JESUCRISTO en su Manifestación.

Apóstol de los gentiles

“El SEÑOR me asistió y me dio fuerzas, para que por mi medio se proclamara plenamente el Mensaje y lo oyeran todos los gentiles” (v.17) En medio de cárceles, persecuciones y múltiples peligros, el Apóstol predicó a tiempo y a destiempo, para que el Evangelio fuera conocido por los que desde siempre el PADRE había destinado a la Salvación por medio de su HIJO, JESUCRISTO. El Apóstol mantuvo hasta el final la predicación para todos los hombres de la Salvación por la conversión y el perdón de los pecados, que JESUCRISTO les ofrecía gratuitamente de parte de DIOS. Este Evangelio, o Buena Noticia, se proclamará hasta el final de los tiempos. Algo tan sencillo cambió las bases de las costumbres y las creencias en el Imperio Romano cargado de superstición e idolatría. Las supersticiones matan y los ídolos son mentira y vacío. La Vida y la Verdad están en el Evangelio que anuncia a JESUCRISTO como el HIJO de DIOS, que es nuestro único SALVADOR.

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