«No es una Revolución, sino una evolución», dicen para tratar de tranquilizar a los católicos. E insisten en la necesidad de «discernir para caminar juntos». Pero esta fórmula, atractiva en apariencia, traduce con precisión la ambigüedad del proceso sinodal.
En Italia, a pocos días de la votación del documento « Levadura de Paz y Esperanza », fruto del camino sinodal italiano, crece el malestar en la Iglesia italiana.
Porque con el pretexto
de «escuchar al Espíritu»,
el texto parece abrir la puerta
a una reinterpretación radicalmente historicista
de la fe,
en la que los «signos de los tiempos»
corren el riesgo de sustituir
la doctrina y el magisterio de la Iglesia.
El documento, que será sometido a votación el 25 de octubre por la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), no se limita a propuestas pastorales. Se basa en una concepción teológica singular: el Espíritu Santo se expresaría en las novedades que la historia impone a la Iglesia, invitando a «no temer el cambio» ni el conflicto.
En otras palabras, según ellos,
el Espíritu
ya no habla a través de la Revelación,
sino a través de la ‘evolución’ del mundo.
Y por lo tanto, según ellos,
la Iglesia,
siempre «detrás» del Espíritu,
debe «actualizarse»,
siguiendo las transformaciones
culturales y sociales.
Pues si «caminar juntos» se convierte en un fin en sí mismo, independientemente de la fidelidad a la verdad revelada, el discernimiento se convierte en un simple acompañamiento al movimiento histórico.
La evolución, presentada como «progreso», corre el riesgo de convertirse en la justificación de todos los cambios doctrinales.
Sin embargo,
la verdad es que la Iglesia
no progresa
adaptándose a la lógica de los tiempos,
sino profundizando
en el misterio de Cristo.
La evolución de la fe, ´pues,
no consiste en adaptarla
a los vaivenes del mundo,
sino en comprenderla mejor.
Esta visión progresista que impulsan los promotores del Camino, Vía Sinodal o Sinodalidad, ya ha sidocorrectamente denunciada por varios observadores como «hegeliana» (es decir, inspirada en el pensamiento del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, para quien la historia es el lugar mismo donde el Espíritu se manifiesta y se realiza, a través de las contradicciones y su superación), que confunde la voz de Dios con el ruido de la historia.
Sustituye la fidelidad doctrinal
lo nuevo se vuelve
ipso facto para ellos
en «inspirado»
El medio de comunicación italiano La Bussola Quotidiana especifica que el peligro es convertir el proceso sinodal en sí mismo en una norma.
Porque si para los impulsores
de la vía o camino sinodal,
todo ‘discernimiento’
nace del diálogo y la confrontación,
entonces
la verdad queda reducida
a un mero consenso en evolución,
fruto de la tensión de opiniones.
Así, para los sinodalisras,
la doctrina
deja entonces de ser la referencia
y se convierte
en el producto de un proceso.
Es decir,
el Espíritu Santo
ya no es quien ilumina la verdad revelada,
sino quien insufla aliento
en los «acontecimientos».
De aquí surgen posturas preocupantes:
* la apertura a la homosexualidad y la transexualidad,
* la legitimación de la democracia liberal
como modelo eclesial,
* la participación deliberativa de los laicos,
* la transformación de las parroquias
en «Comunidades de Energía Solidaria».
Con el pretexto de la sinodalidad,
la Iglesia es empujada,
pde una eclesiología basada en la Revelación,
a una eclesiología de la adaptación.
El texto invita explícitamente a la Iglesia a renunciar a la pretensión de situarse en el centro y a acoger otras perspectivas.
Esta conversión a la sinodalidad se presenta así como una conversión a lo nuevo para lo nuevo, donde lo diferente se percibe como fermento «del Espíritu». Pero ¿cuál Espíritu? ¿El de la verdad que une o el del siglo que divide?
La Iglesia,
nos recuerda el cardenal Robert Sarah,
«no debe conformarse a este mundo,
sino convertirlo».
El peligro del sinodalismo
reside precisamente
en invertir esta dinámica:
ahora es el mundo el que «convierte» a la Iglesia.
Todo el documento está impregnado de una lógica que podría calificarse de historicista: los cambios culturales son supuestamente revelaciones progresivas del Espíritu Santo.
Pero esta idea,
ya criticada por Benedicto XVI,
socava la fe católica desde sus raíces:
si la verdad evoluciona con la historia,
enonces deja de ser verdad.
La Iglesia la concierten entonces
en un organismo sociológico,
adaptándose a los «nuevos tiempos»,
en lugar de una institución divina,
guardiana de un depósito inmutable.
Lo que sucede hoy en la Iglesia en ItaIalia no puede dejar indiferente a la Iglesia en el resto del mundo.
Porque allí opera la misma dinámica sinodal, con el mismo vocabulario de «escucha», «proceso» y «camino común». Todo dependerá de la capacidad del episcopado para distinguir el Espíritu Santo del espíritu de los tiempos y mantener la fidelidad a la doctrina y al magisterio como criterios de discernimiento.
Recordemos que la fidelidad
a la verdad revelada,
no es un obstáculo para el diálogo;
es su condición.
Por QUENTIN FINELLI.
LUNES 20 DE OCTUBRE DE 2025.
TCH.

