* Refutación a una exmarxista muy influyente hoy en elVaticano.
El peligro del feminismo católico contemporáneo, incluso en su versión moderada, es que quiere transformar el servicio en una estrategia y la gracia en una exigencia.
En su columna publicada hoy, 8 de octubre en La Croix , la historiadora Lucetta Scaraffia afirma que el nombramiento de Sarah Mullally como la primera [«Papa»] arzobispa de Canterbury sería una señal de un «colapso de la jerarquía masculina».
Celebra el acontecimiento como un paso adelante en el reconocimiento de la mujer, al tiempo que deplora que, en su opinión, la Iglesia católica siga atrapada en un sistema dominado por hombres sordos a la voz femenina.
Pero detrás de esta interpretación de la historiadora, se esconde:
- una visión errónea del sacerdocio,
- de la crisis eclesial
- y del papel de la mujer en la Iglesia.
Lucetta Scaraffia no es una activista cualquiera.
Exmarxista en 1968, convertida al catolicismo, historiadora y figura del feminismo católico, se ha consolidado en el Vaticano como una voz singular que exige mayor poder para las mujeres en las instituciones eclesiásticas.
Su columna en La Croix
repite un discurso que sostiene desde hace años,
el de una Iglesia
que no es suficientemente “femenina”
en su funcionamiento.
Pero esta visión, atractiva para un público sensible a cuestiones de igualdad que no son un problema, se basa en varios malentendidos importantes.
En primer lugar,
reducir la crisis anglicana
a un «colapso masculino»
es una forma de eludir el verdadero problema.
La Comunión Anglicana no se desvaneció
porque sus arzobispos fueran hombres,
sino porque abandonó la verdad doctrinal.
Las cifras están ahí:
desde la introducción de la ordenación de mujeres
y la bendición de las uniones homosexuales,
* la práctica religiosa se ha desplomado,
* las vocaciones se han desmoronado
* y la fe se ha diluido…
en un preocupante relativismo moral.
Se trata de un hecho espiritual,
no de una cuestión de género.
El hecho de que una mujer
ocupe la Catedral de Canterbury
no significa
que la ‘Iglesia de Inglaterra’ recupere su fuerza.
El drama anglicano
no es un drama de representación,
sino de fe.
Cuando la doctrina se vuelve negociable,
la verdad se vuelve opcional
y la fe se extingue.
Lucetta Scaraffia yerra entonces al interpretar el sacerdocio como una función de poder.
Critica implícitamente a la Iglesia Católica por ser una estructura jerárquica masculina que niega a las mujeres cualquier autoridad. Pero esta interpretación se basa en una confusión entre poder y autoridad espiritual.
El sacerdote no es un líder,
no es titular de un privilegio,
sino el signo sacramental de Cristo siervo.
Como escribió el cardenal Robert Sarah:
El sacerdote no es un funcionario de lo sagrado ni un líder empresarial; es un siervo de Dios y de sus hermanos.
Cuando transformamos el sacerdocio en poder humano, traicionamos a Cristo siervo».
Esta frase resume toda la cuestión:
el sacerdocio no se conquista,
se recibe.
Y Cristo quiso confiarlo a los varones
no para excluir,
sino para significar el misterio del Esposo
que da su vida por la Esposa,
la Iglesia.
Olvidar esta lógica simbólica y teológica es reducir la fe a una simple cuadrícula sociológica.
Lucetta Scaraffia tiene razón al evocar el drama de los abusos y el silencio, a veces culpable, que los rodea. Pero, de nuevo, extrae conclusiones ideológicas: según ella, mientras las mujeres no ocupen más puestos de autoridad, estos abusos no cesarán. Esto es un grave error.
El pecado no tiene género,
ni tampoco la santidad;
es personal e inherente a cada individuo;
no hay una responsabilidad colectiva que establecer.
Recordemos que el 97% de los sacerdotes son fieles a su sacerdocio y no han cometido ningún delito ni falta.
La respuesta no está en la redistribución del poder, sino en la conversión de los corazones y en cómo la fe nutre a todos, incluidos los sacerdotes.
Las mujeres siempre han estado en el corazón de la Iglesia, no por sus puestos de liderazgo, sino por su fecundidad espiritual.
Sin monjas, sin madres cristianas, sin catequistas, educadoras y misioneras, la Iglesia no tendría ni rostro ni aliento.
Teresa de Ávila,
Catalina de Siena,
Clara de Asís
y la Madre Teresa,
nunca se arrogaron títulos,
sino que reformaron profundamente la Iglesia
con su santidad.
Esta es la verdadera autoridad.
Finalmente, la periodista italiana parece creer que el reconocimiento de las mujeres se basa en su visibilidad institucional.
Pero el verdadero reconocimiento cristiano no se mide por la función; se mide por la fecundidad del don.
La Iglesia no necesita ser «equilibrada» en cuanto a representación, sino unida en la complementariedad de las vocaciones.
El peligro
del ‘feminismo católico’ contemporáneo,
incluso en su versión moderada,
es que quiere transformar
el servicio en estrategia
y la gracia en demanda.
Sin embargo, la historia reciente muestra que las iglesias que han seguido este camino —anglicana, presbiteriana, luterana— se han vaciado.
Donde la fe se vuelve militante,
deja de ser mística.
Donde la liturgia se vuelve horizontal,
la trascendencia se extingue.
Y donde el sacerdocio se convierte
en una mera función de animación,
pierde su dimensión sacrificial.
La Iglesia no necesita feminizarse
para ser más justa;
necesita volver a ser santa,
para ser creíble.
No es la jerarquía masculina la que se está derrumbando; es la fe del siglo. Y la respuesta no vendrá de una feminización de las responsabilidades, sino de un redescubrimiento del misterio del servicio.
La crisis actual no se resolverá con cuotas
ni símbolos;
exige un retorno a Cristo siervo,
al silencio,
a la oración
y a la adoración.
Como nos recuerda el cardenal Sarah, «el silencio y la adoración son los dos pulmones del alma sacerdotal ».
Las mujeres de la Iglesia conocen este silencio mejor que nadie: el de la oración, la fidelidad y la entrega.
No es imitando las estructuras del mundo como la Iglesia se renovará, sino redescubriendo la santidad de sus orígenes, y en este camino, las mujeres ya tienen un lugar único, no de poder, sino de luz.
Por PHILIPPE MARIE.
CIUDAD DEL VATICANO.
MIÉRCOLES 8 DE OCTUBRE DE 2025.
TCH.

