El primer macroconcierto de la historia en la Plaza de San Pedro resultó previsible y más centrado en el civismo que en Dios
Se repite el patinazo: en diciembre de 2024, Pharrell Williams fue la estrella musical de la reapertura de la catedral de Notre Dame de París, cinco años después del incendio que la dañó gravemente. Entonces hubo críticas a la elección de un coro góspel y a la atmósfera poco católica de la ambientación musical. Parece que la condición de Pharrell de superventas con trece Grammy y director creativo de Louis Vuitton tiene más peso que conectar con la religión que estás intentando honrar. Nueve meses más tarde, se le encarga el primer concierto en la historia de la plaza de San Pedro, responsabilidad compartida con Adam Blackstone y Andrea Bocelli. Pharrell es presbiteriano, Blackstone baptista y Bocelli, el único católico. Ni que decir tiene que el italiano, que ya ha actuado para tres papas, aportó los mejores momentos de la noche, sin necesidad de grandes innovaciones.
Como valoración general, el espectáculo fue vistoso, entretenido y profesional. Destacó el poderío del coro internacional de 250 voces, con presencia destacada de la coral de la diócesis de Roma. La principal pega del show fue el papel secundario de la religiosidad: mucha referencia a la ‘luz interior’ de los seres, a la necesidad de justicia para resolver conflictos y a la falta de fraternidad, pero apenas se mencionaron conceptos de la doctrina.
Podría haber sido la fiesta de una ONG, el cumpleaños de Oprah Winfrey o un aniversario de la Unión Europea. Todo un desperdicio, pues, usar la Plaza de San Pedro en Roma como simple photocall para un despliegue musical sin apenas conexión con la iglesia que lo acoge.
Andrea Bocelli, con su voz majestuosa, arrancó la noche con enorme altura, interpretando “Amazing grace”, un himno universal. Fue compuesto en 1779 por John Newton, un adolescente rebelde alistado por sus padres en la marina británica para disciplinarlo. Terminó siendo expulsado y su solución fue ejercer de traficante de esclavos, trabajo que abandonó al descubrir a Dios, lo que le llevó a estudiar Teología y hacerse sacerdote. La letra transmite que cualquier pecador puede ser redimido por la gracia del Señor. Es el himno más interpretado en iglesias anglosajonas.
Luego vino el “Ave María” de Schubert, un ‘lied’ (canción) compuesto en 1825. Creado con una letra distinta, basada en un relato de aventuras de Walter Scott, poco a poco fue acercándose a la oración católica del mismo nombre. Fue lo mejor de una noche que iba a deslizarse por la pendiente del repertorio afroprotestante, desde el soul al gospel, pasando por el hip-hop. Bocelli también interpretó, con la estrella colombiana Karol G., el dueto “Vivo por ella”, una preciosa pieza de amor que en el contexto del concierto parecía a medida de la Virgen María. Las voces empastaron a la perfección, por el contraste de potencia y dulzura.
A muchos les sorprendería lo discreto del papel de la estrella urbana Karol G., que se limitó a este dueto y a uno de sus medios tiempos, “Hasta que me cure el cora”. La cantante fue la más criticada cuando se anunció el cartel, ya que algunos temían un despliegue de indecencia trapera o reguetonera. Su aportación, en cambio, fue aparecer más tapada que nunca y susurrar su mejor canción de autocuidado emocional. ¿Qué otra cosa podía ocurrir? Karol no fue solo la más aplaudida, sino que protagonizó la imagen de la noche, llorando junto a sus padres a pie de escenario.
Luego llegó el turno de Angèlique Kidjo, la estrella de Benín que hizo una elegante y briosa interpretación de “La vida es un carnaval”, himno popularizado por Celia Cruz. La escasez de canciones en español (dos y media) puede extrañar cuando es el idioma más usado en la cristiandad, pero resulta normal en un espectáculo producido por Disney al más puro estilo estadounidense, con el principal protagonismo repartido entre los fraseos rap de chispeante Pharrell, el soul del sobrevalorado John Legend y el góspel robusto pero homogéneo del grupo Voices of Fire. Legend solo se elevó un poco en la versión de “Bridge over troubled waters”, de Simon y Garfunkel.
Otros sabores modernos pero poco sustanciales fueron el K-pop del tailandés Bambam y el hip-hop melodramático de Jelly Roll. Todo palideció ante las opciones seguras del “Magnificat” cantado por los tenores italianos Il Volo o el “Domine deus” de Bocelli. Se echaron de menos los mejores himnos religiosos del hip-hop, por ejemplo el volcánico “Jesus walks” de Kanye West.
Visto en conjunto, aquello parecía uno de esos espectáculos para conmemorar la lucha por los Derechos Civiles, sobre todo el discurso de Graça Machel Mandela, que citó los momentos dramáticos de algunos países africanos sin aludir de manera específica al genocidio de cristianos. Pharrell arrancó su primer discurso al grito de “Dios es el más grande” pero luego se perdió en disquisiciones sobre compartir la luz interior de cada uno mientras pedía a los 300.000 asistentes que encendieran las linternas de sus móviles, como en cualquier concierto cotidiano.
El impresionante espectáculo de drones, formando el rostro del Papa Francisco, el Espíritu Santo en forma de Paloma y La piedad de Miguel Ángel, fue uno de los pocos recordatorios del catolicismo de la ocasión. No creo que sea mucho pedir que para el próximo espectáculo se preste más atención a la doctrina y estética de la iglesia que lo patrocina. El Papa León XIV no asistió a la gala y casi mejor que así fuera.

Por VÍCTOR LENORE.
LUNES 15 DE SEPTIEMBRE DE 2025.
INFOVATICANA.

