El Evangelio de este domingo nos habla sobre la salvación, un tema que pareciera no importar en nuestros días, ya que vivimos como si aquí fuera a terminar todo; el cuestionamiento del más allá se ha quitado del horizonte del ser humano y lo que le importa es el “aquí y el ahora”, ese bienestar momentáneo y pasajero; pero hoy se nos recuerda que hay vida después de la muerte biológica. Y para lograr esa vida, se requiere esfuerzo, porque la salvación, que no es un derecho adquirido, sino un don, un regalo que se acoge con esfuerzo, humildad y fidelidad. Como dijera el Cardenal John Henry Newman, de quien hace unos días se dio la noticia que será declarado Doctor de la Iglesia, él dijo: “Aquí estamos ganando o perdiendo la vida eterna”.
El Evangelio nos relata que, mientras Jesús subía a Jerusalén y por el camino enseñaba, una persona sin nombre, sin títulos, le pregunta: “¿Es verdad que son pocos los que se salvan?”. Una pregunta que está centrada en cantidades: ¿cuántos? ¿serán muchos? ¿serán pocos? ¿serán todos? ¿serán sólo los justos? ¿serán sólo los judíos?. Recordemos que los judíos se sentían salvados, simplemente por pertenecer al pueblo elegido por Dios. Jesús cambia de dirección, pasa del “cuántos” al “cómo” nos salvamos:
“Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”. Para salvarse se necesita ese esfuerzo humano, porque la puerta estrecha es el amor, porque amar cuesta… y a Jesús le está costando su propia vida. Su llamada es que, quien quiera seguirlo obre de la misma manera, amando hasta el extremo. Se trata de optar por Cristo. La puerta estrecha es Él y su seguimiento como nuevo proyecto de construcción del ser humano que le conduce a la Vida. Es el proyecto de Dios en Cristo para la humanidad, un proyecto de amor, servicio y entrega. La “puerta-Cristo” es “estrecha” porque Él se dona, se desvive con misericordia; no se mira a sí mismo, sino que constantemente se abre y se entrega. Jesús a todos sus oyentes, y no sólo a quien le preguntó, les exhorta a esforzarse porque ser discípulo y discípula de Jesús tiene su cuota de esfuerzo, dedicación y trabajo arduo. A veces, es posible que pensemos que todo está bien, que no necesitamos convertirnos, transformarnos, seguir creciendo… Es probable que estemos “muy confiados” con lo que somos y hacemos, cualquiera sea el estado de vida y compromiso que tengamos. Entonces, si nos dejamos tocar por estas palabras de Jesús y las acogemos seriamente, es imposible no sentirse sacudidos, interpelados: “Señor, ábrenos… hemos comido y bebido contigo”; “no sé quiénes son ustedes… aléjense de mí, hacedores del mal”.
Hermanos recordemos que, todas las metas importantes en la vida, para lograrlas se necesita disciplina y esfuerzo; así dirá el Cardenal antes mencionado: “Aquí en la tierra nos estamos jugando la vida eterna”. Esa idea es contraria al pensamiento de que: “Dios es tan bueno que no puede condenar a nadie”, como lo decía el teólogo Ladislaos Boros: “Al final Dios perdona todo y a todos, por tal motivo el infierno está cerrado por falta de clientela”. Esta es una idea que, si no la decimos verbalmente, la afirmamos muchas veces con nuestras actitudes, porque vivimos a nuestro gusto, vivimos como creemos que nos va mejor en la vida, sin importarnos los demás. Jesús, desea quitar de la mente de aquellas personas y de todos nosotros, esa curiosidad de ¿cuántos? y se centra en el ¿cómo?; recordemos que en Mt 25, 31-46 encontramos el juicio que se nos hará y está centrado en las obras de misericordia: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me hospedaron…”.
Aquí nos damos cuenta que las obras que hacemos aquí en la tierra, nos preparan para acoger ese tesoro en el cielo y nos abren las puertas de la vida eterna, esa vida junto a Jesús. El Cardenal John Henry Newman lo expresó así: “El día que nos demos cuenta que nos estamos jugando la vida eterna, ese día empezaremos a ser mejores”. El mundo actual nos va anestesiado ese deseo de vida eterna, nos hace creer que aquí termina todo y que hemos de afanarnos por pasarla bien en el aquí y el ahora; y así vivimos tras la felicidad ficticia de los oropeles que el mundo nos ofrece; vivimos bajo la ley del menor esfuerzo.
Ser cristianos en nuestros días no es nada fácil, ya que hemos caído en una permisividad total, nos permitimos todo e incluso lo justificamos aludiendo a nuestra libertad, basta que recordemos el “aborto”, se lucha por implantar leyes que permitan el asesinato, el arrancar la vida a un inocente. Con la careta de la “tolerancia” vamos cayendo en un vacío moral; con el relativismo, le estamos dando la espalda a los valores permanentes; así nos vamos erigiendo como autosuficientes, nos sentimos los propios guías de nuestra conducta. La opinión personal la ponemos por encima de la verdad objetiva.
Podemos decir que nuestra sociedad está haciendo surgir un hombre amoral, ya que se resalta el valor de las cosas y se olvida el espíritu de las personas; se toma en serio lo superfluo, los oropeles, las apariencias y se pierde lo profundo. Hablar de estrecheces en nuestra sociedad no es entendible, parece que los jóvenes han perdido los límites, lo desean todo y al menor esfuerzo. Papás, mamás, enseñen a sus hijos que las cosas importantes en la vida requieren esfuerzo; enséñenles a esforzarse cada día. No les den todo, prepárenlos en el esfuerzo diario, así los estarán preparando para enfrentar las estrecheces que conlleva la puerta que conduce a la vida eterna.
Pensemos: ¿Qué estamos haciendo para acoger la salvación, la vida eterna? Y valdría la pena que no sólo reflexionemos en las obras de piedad, sino que analicemos las obras de misericordia, esas obras que hacen referencia a la ayuda del necesitado… aún quedamos un puñado de cristianos que debemos ser fermento del deseo de la vida eterna y que no escatimemos esfuerzos para ayudar al otro. La vida eterna es de los esforzados… como cristianos deberíamos ser evangelios vivientes para los demás. Mostrar que la salvación es lo más importante de nuestra vida. Jesús nos llama a entrar por la puerta estrecha, la puerta de la cruz, del amor verdadero, del servicio. Esforzarse significa vivir la fe con coherencia, con compromiso, con apertura al prójimo. No basta con comer a Jesús en la Eucaristía, hay que hacerse pan para los demás. No basta con creer, hay que hacerse creíbles.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

