Adolescence: De la Ficción a la Realidad

Elsa Méndez

En marzo de este año, Netflix lanzó la serie Adolescence (Adolescencia), una serie que conmovió a la sociedad ya que relata un caso basado en hechos reales sobre un adolescente británico que asesina a una de sus compañeras de clase. La serie relata el contexto en el que se desenvolvía el agresor, desde su escuela hasta su familia.

La historia es muy cruda porque presenta una realidad en la que existe un contexto de violencia en el entorno escolar y una desvinculación emocional en el entorno familiar. Situaciones propicias para detonar un caso como el que plantea la serie.

Esta historia es muy preocupante porque, como mencionaba, se basa en hechos reales. Hechos que están sucediendo no sólo en Reino Unido… están pasando en nuestra realidad también.

Hoy, nuestros hijos adolescentes tienen una gran presión por pertenecer a un grupo. El sentido de pertenencia para los jóvenes en esta edad es muy fuerte y delicado. Ser aceptado y sentirse valorado por un grupo social puede implicar renunciar a sus valores, a sus creencias y a su identidad misma. El costo de ser rechazado es muy alto, y en ocasiones nuestros niños y adolescentes no son capaces de aceptar el rechazo y esto puede llevarlos a quitarse la vida, a lastimar a alguien más o incluso termina con la vida de esa persona.

Un factor importante en este contexto son las redes sociales. Un primer riesgo es que estas redes generan adicción en las personas, siendo los niños y adolescentes los más vulnerables. A pesar de ser adictivas, las redes sociales no están siendo controladas ni reguladas por nadie. Un segundo riesgo es de seguridad, ya que en la realidad paralela en que se vive dentro de estos espacios digitales, los menores de edad pueden caer fácilmente en trampas de redes delictivas y trata de personas que se presentan con identidades falsas.

Ante estos grandes riesgos la gran pregunta es ¿cómo podemos solucionarlo?

Una gran barrera es que no aceptamos la importancia de la salud mental y de atenderla oportunamente para detectar cualquier trastorno que veamos en nuestros hijos.

Debemos de ser padres de familia presentes. Sin embargo, la falta de tiempo, el trabajo y quizá algunas excusas nos han desconectado de lo más valioso que tenemos, la vida de nuestros hijos. Estar presente no sólo es estarlo de forma física, también lo es estar presente en el mundo digital que trata de moldear las conciencias y las conductas de nuestros hijos. Nuestra ausencia da paso a que los riesgos afectivos del entorno de nuestros hijos aumenten.

Además, no sólo basta con nuestra presencia, también es importante nuestro ejemplo. Todos tenemos una historia familiar y en muchas ocasiones hay heridas de nuestra infancia que no hemos podido atender ni superar, esto puede ser algo que afecte nuestra forma de criar, cuidar y vincularnos con nuestros hijos, y por lo tanto puede ser algo que los dañe y que incluso ellos repitan en su futuro.

Nuestro ejemplo es de lo que más aprenden nuestros hijos. La violencia, el egoísmo, el rencor pueden ser herencias que destruyan la capacidad de ser mejores personas de lo que nosotros podemos ser. Para cuidar la salud mental de nuestros hijos, debemos cuidar también la propia.

A nuestra presencia y nuestro ejemplo les faltaría sólo una cosa, la confianza. Nuestros hijos no deben vernos como el último eslabón, deben vernos como el espacio seguro para contarnos lo que les está pasando, lo que sienten. Nuestros hijos no sólo deben saber que podemos ayudarlos, deben sentirlo, y eso depende de nosotros. Nuestra guía y consejo será, en gran medida, el factor para que ellos puedan elegir mejor sus relaciones, su entorno y su proyecto de vida.

No esperemos a que las historias que nos cuentan las películas y series se hagan realidad en nuestra vida y en nuestra familia. Reconozcamos los riesgos del entorno físico y digital en el que viven nuestros hijos. Pero, sobre todo, seamos padres presentes, padres que son ejemplo y padres que son confiables, y esto sólo lograremos si expresamos con hechos todo el amor que sentimos por nuestros hijos, esa es la mejor herencia que podemos dejarles.

Comparte: