A partir de las experiencias espirituales de Santa Margarita María Alacoque, profundamente conectada con las revelaciones que recibió del Sagrado Corazón del Señor Jesús, que constituyen el fundamento de su culto, los católicos han practicado actos de consagración primero personales, luego comunitarios y públicos.
Podemos observarlos en el itinerario espiritual de muchos santos de los siglos XVIII y XIX, para quienes se convirtieron en una especie de programa de vida y acción.
Un avance particular en la práctica de estos actos fue la recomendación de la recitación pública del Acto de Consagración de la Raza Humana al Sacratísimo Corazón de Jesús, emitida por el Papa León XIII en la encíclica Annum sacrum (25 de mayo de 1899).
El motivo para recomendar este acto a toda la Iglesia y su recitación «en las principales iglesias de todas las capitales y ciudades» era muy personal.
De esta manera, el Papa quería agradecer a Dios «por librar a alguien de una enfermedad peligrosa y preservarle la vida».
Gradualmente, este acto comenzó a ser aceptado en la Iglesia en una versión comunitaria, hasta convertirse en una manifestación del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús y del mensaje espiritual, eclesial y social que contiene.
El Papa Pío XI contribuyó posteriormente a su consolidación al conceder indulgencias por su recitación pública, y los papas posteriores confirmaron tanto la importancia de esta piadosa práctica como las indulgencias asociadas a ella. Hoy en día, este acto también se asocia con una indulgencia plenaria cuando se recita públicamente.
Para comprender el significado de este acto y su importancia privilegiada, debemos tener presentes sus orígenes y el papel que ha desempeñado y desempeña en la Iglesia.
Aunque fue recomendado por primera vez en la Iglesia por León XIII por razones más bien privadas, no refleja únicamente las convicciones personales del Papa, sino que surge de una profunda teología del Sagrado Corazón de Jesús, desarrollada en los siglos XVIII y XIX.
Combina en sí mismo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su sacrificio salvífico en la cruz, que de alguna manera se resume en la palabra amor, y su expresión simbólica es el corazón. Desde el principio, por lo tanto, el Corazón de Jesús ha sido la síntesis de la obra de la salvación.
En este culto, sin embargo, existe también un segundo aspecto: sus consecuencias espirituales y morales, tanto individuales como sociales. Por lo tanto, exige del creyente una respuesta personal al amor de Cristo, y de la comunidad de creyentes una configuración cristiana de la vida social e incluso política.
Por esta razón, ya en el siglo XIX se prestó atención a la realeza social de Cristo, cuya exigencia nace del culto a su Corazón. A partir del beato Pío IX, se ha hablado cada vez más sobre estas consecuencias sociales.
El papa San Pablo VI, partiendo del Sagrado Corazón de Jesús, propuso que la Iglesia construyera una «civilización del amor», y San Juan Pablo II amplió este concepto, proponiendo una «civilización del amor y la verdad». Esto se corresponde bien con la situación espiritual actual del mundo, que necesita redescubrir y reconstruir el significado fundamental de la verdad y el amor en la vida personal, social, política, etc.
¿Por qué entonces la recitación pública, o más bien comunitaria, del Acto de Consagración del género humano al Sagrado Corazón del Señor Jesús?
Esta práctica eclesial enfatiza sobre todo que el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús no es una mera expresión de una piedad puramente interna e individualista, si no pietista, sino un culto con significado social, así como la obra salvífica de Cristo tuvo un carácter social al arraigarse en su Corazón.
Expresa claramente la conciencia de que la fe cristiana tiene un carácter eclesial: es originalmente la «fe de la Iglesia», en la que cada creyente participa personalmente. Como fe eclesial, también debe moldear la vida comunitaria en sus múltiples aspectos.
El culto al Sagrado Corazón tiene, pues, un carácter reparador y expiatorio.
El acto del que hablamos también se ha recomendado como acto de expiación, especialmente por pecados que perjudican la vida social, como la negligencia en la educación, el desprecio por la pureza, la blasfemia, la codicia, la incredulidad, el ateísmo, el rechazo de Dios en la cultura y la política, el desprecio por la autoridad, etc.
Los pecados públicos también exigen satisfacción pública. Santa Margarita María Alacoque ya lo señaló.
La recitación pública del Acto de Consagración de la Raza Humana al Sagrado Corazón del Señor Jesús pretende, pues, enfatizar que el amor revelado por Él es el principio supremo de la vida social y política.
Todos los papas del siglo XX, como se hizo en los documentos del Concilio Vaticano II, han vuelto constantemente a este principio, intentando convencer de él tanto a los cristianos como a todas las personas de buena voluntad.
La repetición pública de este acto pretende fortalecer esta convicción de importancia fundamental para toda la humanidad, a fin de transformar las relaciones interpersonales y forjar un nuevo estilo de vida sobre esta base.
Cabe recordar también que el Papa Pío XI combinó la recitación del Acto de Consagración de la Humanidad al Sacratísimo Corazón del Señor Jesús con la festividad de Cristo Rey del Universo.
De esta manera, quiso no solo combinar estos dos tipos de culto, sino también enfatizar aún más la trascendencia social de Jesucristo y su amor salvador por el futuro de la humanidad, que será verdaderamente abierto si se une a su presencia y su reino. Esto lo demuestran acertadamente los diversos movimientos de entronización que se están desarrollando actualmente, relacionados con el culto al Sacratísimo Corazón del Señor Jesús.
La renovación pública del Acto de Consagración de la Raza Humana al Sacratísimo Corazón del Señor Jesús es, por así decirlo, una confirmación sintética de estos profundos contenidos presentes en su culto.
Sin duda, deben ser extraídos para lograr la transformación de la vida social, tan necesaria hoy en día, tanto por la situación espiritual actual como por el desarrollo ulterior de la vida de la comunidad humana.
La indulgencia asociada a este acto es, sin duda, un estímulo para recitarlo, pero sobre todo, la indulgencia —este gran don espiritual— produce la renovación interior del hombre, pues lo libera de las consecuencias del pecado y contribuye a que el hombre también pueda, de una manera nueva, poner en práctica lo que contiene el mensaje del que este acto emana y que continúa propagando.

Por P. JANUSZ KROLIKOWSKI.
Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Juan Pablo II, Sección de Tarnów.

